¿Para qué sirve un Urólogo?

Por Lidia Señarís

                                                      “Los médicos deberían tener siempre llenas de besos las manos”.                                                                                                                             José Martí.

 

El nuevo Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), en Oviedo.

El nuevo Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA), en Oviedo.

Como cualquier otro médico, las urólogas y los urólogos sirven para salvarte la vida. Y con eso ya estaría dicho todo. Pero como vivimos en una sociedad donde patear un balón se paga y aplaude infinitamente más que cualquier labor científica, incluida la dura ciencia de nuestra frágil vida, hoy os traigo una historia muy personal.

Ya sé que éste es un blog de Comunicación, Literatura, Arte y Periodismo. Créanme: es también una comunicación muy peculiar la que se establece entre tu riñón, tu uréter y una cosilla llamada “cálculo” (o más coloquialmente piedra) hasta llegar a dos palabras terribles, puntuables para el campeonato mundial del dolor: “cólico nefrítico”.

Por más que durante años escribí y hasta fundé una revista de divulgación médica en diversas latitudes, el sustantivo “Urología” jamás había entrado directamente en mi vida. Hasta hace dos años, cuando lo hizo en grande, por una patología de mi compañero (en inicio muy mal diagnosticada en atención primaria). No es una historia estrictamente mía, así que no tengo derecho a contarla aquí. Baste decir que los urólogos aparecieron, cual pelotón de infantería, hicieron su cirugía y la hicieron muy bien. Lo cual tenía un mérito adicional en aquel viejo Hospital Universitario Central de Asturias (HUCA) de finales del 2013, que se estaba cayendo a pedazos.

El caso es que en este octubre, a punto de cumplir dos años de aquel susto, los urólogos del HUCA, ahora un moderno y flamante hospital en otra zona de Oviedo, volvieron a mis días y mis noches, a mis mejores sueños y mis peores pesadillas. Lo hicieron de madrugada, mientras un sábado se transformaba en domingo, gracias al ya citado cólico nefrítico, catalogado -según un artículo de las Actas Urológicas Españolas- como “una de las formas más angustiantes de dolor en el ser humano”.*1

“Por la brusquedad de su aparición, la intensidad del dolor y el quebrantamiento general que provoca, el cólico nefrítico constituye el paradigma de urgencia médica”, asegura también una de las Guías clínicas de Atención Primaria.*2.    Eso por no ponernos tan dramáticos como la Wikipedia, la cual se hace eco de unos galenos estadounidenses que describen los cólicos renales como peores que “el parto, los huesos rotos, las heridas por armas de fuego, las quemaduras o la cirugía”.

En algún sitio he leído que la crisis dolorosa intensa puede durar 12 horas. En mi caso, estuve rabiando de dolor, con algunas treguas mínimas de la manada de caballos desbocados que habitaban mi riñón izquierdo, desde la madrugada de un domingo hasta las 9 de la noche de un jueves.

Siempre con la conciencia de no colapsar innecesariamente las Urgencias del hospital, había acudido primero a las de un Centro de Salud. Ellos no pudieron pillarme mis difíciles venas y me pusieron una inyección intramuscular de Buscapina de la cual el Sr. Cólico se mofó ampliamente. Inevitablemente, terminé en Urgencias del HUCA, un servicio muy bien organizado, por cierto, con un sensato y rápido Triaje y un eficaz y entregado personal médico y de enfermería.

Por último, luego de una noche en un box de observación de Urgencias, terminé en la planta quinta -Urología- del moderno edificio de la Cadellada, donde perdí la cuenta de los calmantes en vena y los sueros, mientras el caballo desbocado seguía concentrado en su misión de patearme el riñón. Era como si ese dolor no me fuera a abandonar nunca. Y, para colmo, no venía solo, sino con unas náuseas que te convertían en puré de humanoide.

Era tal mi debilidad, que el jueves por la mañana me costó horrores retener en el estómago cuatro vasos de agua el mínimo tiempo necesario para que me hicieran un TAC. Y sólo la admirable dulzura y comprensión del equipo humano que hacía esta prueba y la fuerza de voluntad propia de una profesión tan sufrida como el Periodismo, me ayudaron a pasar por el scanner.

Así las cosas, el médico responsable de la ronda de ese día -siempre pasa uno diferente y no sé por qué extraña razón ninguno te dice su nombre- me informó que el equipo de guardia me llevaría a quirófano para ponerme un “tubito” (un catéter ureteral JJ o doble J, según averigüé luego) para paliar la obstrucción que origina el cálculo en la ruta habitual entre el riñón y la vejiga y controlar así el dolor, con vistas a posteriores litotricias y otros tratamientos capaces de fragmentar y expulsar el cálculo renal.

Y aquí es donde regreso al motivo de estas letras: los urólogos. Pasaban las horas del jueves, eran casi las nueve de la noche y no quedaba libre un quirófano de guardia y además, incluso para este procedimiento relativamente sencillo se precisa de unos decisivos especialistas llamados anestesistas que, al menos según la prensa local, no abundan demasiado en el HUCA últimamente.

Sin embargo, y a pesar de que evidentemente tenían una dura carga de trabajo esa noche, el equipo de guardia, encabezado por el Dr. Abascal y la Dra. Ruiz de León, me puso el maravilloso y salvador catéter doble J y me evitó otra madrugada entera de dolor. No creo que me hubiera muerto por una noche y casi otro día más de sufrimiento, aún con el riesgo de infección que comporta una crisis de este tipo. Pero los urólogos de ese jueves agotador en el HUCA tuvieron la sensibilidad necesaria para evitarle a esta paciente otra jornada de extenuante dolor.

Le comenté a la amable y empática anestesista del quirófano que durante los aproximadamente 50 minutos del procedimiento había soñado con una película asturiana titulada “Para qué sirve un oso”… Quizás por eso, cuando aquellos guapos chicos de verde miembros del equipo de guardia me regresaron a la habitación, y comprobé que los caballos de mi flanco izquierdo al fin habían cesado sus patadas, le susurré con absoluta gratitud al fantasma de Hipócrates: ¡Para esto sirve un urólogo!

*****

PD: En cuanto a dotes de comunicación con sus semejantes y ejercicio de paciencia, imposible no mencionar la increíble labor de las enfermeras, auténticas guerreras de cualquier centro hospitalario. Desde este espacio virtual, un abrazo para ellas (y ellos, que también los hay).

Notas:

*1. “Cólico renal: Revisión de la literatura y evidencia científica”. S. Esquena, F. Millán Rodríguez, F.M. Sánchez-Martín, F. Rousaud Barón, F. Marchant, H. Villavicencio Mavrich. Servicio de Urología. Fundació Puigvert. Barcelona. Actas Urológicas Españolas, 2006; 30 (3): 268-280.

*2. “Litiasis Renal. Cólico Nefrítico. Guía de Actuación Clínica en A. P.”. Mª Pilar valero Lance, Médico de familia. Centro de Salud de Godelleta. Evana Goñi, Residente de 3er año de MF y C. Centro de salud de Tavernes de la Valldigna. Luis Monedero Alonso, ATS. Centro de Salud de Algemesí, José Santamaria Meseguer, Adjunto de Urología. Hospital Clínico.

6 Comentarios

  1. Bueno Lidia espero que te encuentres mucho mejor y pronto nos volvamos a ver. Me ha encantado tu escrito y veo que tu buen humor no se ha visto afectado, eres genial. Hasta pronto. Ana

  2. Mi estimada Ana: Si me dejo llevar, habría terminado diciendo algo así como: “¡Ponga un urólogo en su vida!”. Pero, en serio, hay profesiones duras que merecen todo el reconocimiento posible. Un fuerte abrazo para ti y muchas gracias por tu benevolente lectura. Nos vemos pronto.

  3. Querida Lidia, espero que ese pedacito de roca de tu riñón ya se haya evaporado o al menos desaparecido entre idas y vueltas, subidas y bajadas. Me han contado que es un dolor terrible. Espero no vuelva nunca más pues no te lo mereces; tenemos tantas rocas en el alma y tanto polvo de tantos caminos que es preferible que queden allí y no se bifurquen por otras rutas del cuerpo. Me ha gustado, siempre me encanta, como escribís y a pesar del mal momento has sabido sacarlo afuera y comunicarlo, pues eso eres: una gran comunicadora y periodista. Todavía recuerdo tus trabajos de salud, aquellos memorables y humanísimos en la prensa insular cubana. Un abrazo grandote, te quiere tu amigo del alma, juanca.

  4. Con amigos hermosos como tú, y con esos generosos elogios provenientes de un periodista, escritor y poeta que tanto respeto, es imposible no mejorar notablemente. Un abrazo fuerte, querido Juanca. Confío en que nos veamos pronto, ya sea en Buenos Aires o en Oviedo.

  5. Nunca he encontrado esa clase de piedra en mi camino, pero si me he convencido de que se trata de un dolor horrible de acuerdo con la opinión de quienes lo han sufrido. Lamento que ahora te haya tocado a ti y me alegro que lo hayas superado ¡y con ese humor! Un abrazo, prima.

  6. Querida Lolín: Me ha ocurrido como a Monterroso con su dinosaurio: cuando desperté, la piedra aún seguía ahí. Todavía la tengo, pero ya se fragmentará con la litotricia o alguna otra arma del por suerte inagotable ingenio humano y terminará fuera (o de lo contrario, terminará ella conmigo). Pero los dolores, realmente inenarrables, ya me han abandonado, gracias al famoso catéter. Inicialente, yo quería escribir aquí de cómo una buena o regular comunicación con el entorno influye también en la recuperación de alguien. Pero cuando me puse a escribir, resultó que finalmente sólo quería dar las gracias a los médicos y a las enfermeras. La medicina es una profesión inmensa y no siempre valoramos merecidamente a quienes la ejercen. Un abrazo fuerte.