En una calle sin mar, pero con esencias

Entrevista con Lidia Señarís, autora de En una calle sin mar.

Por Ivette Zuazo.  / Fotos de Antonio Garci.

 

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Lidia Señarís es una especie de torbellino de la comunicación y de las letras: periodismo, edición, comunicación corporativa, proyectos de investigación histórica y sociológica, corrección de estilo, traducción, e incluso, diseño gráfico editorial son algunas de las tareas que suele simultanear, en un juego de malabares difícil de creer para quien no la haya visto nunca en faena. Además, y no sabemos en qué tiempo, la fundadora y directora de LScomunicación y de su empresa nodriza, Clibanarios, es una lectora incansable, amiga de una muy ecléctica y desperdigada humanidad y organizadora entusiasta de comidas pantagruélicas en su piso del madrileño barrio de Argüelles.

En medio de todo eso, Lidia Señarís escribe poesía. En 2001, recién radicada en la España de sus abuelos, ganó el Premio Internacional de Poesía Julio Tovar, convocado por el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife, con su cuaderno Sin Isla, publicado en 2002 gracias a este premio. Durante estas dos décadas transcurridas, ocasionalmente sus poemas han vivido diversas aventuras en revistas culturales y proyectos teatrales e incluso en sus redes sociales o en postales y pequeños recitales tremendamente personales, sin que ella hiciera esfuerzo alguno por publicarlos. Ha sido la tenacidad del escritor y editor Amir Valle, director de Ilíada Ediciones, con sede en Berlín pero especializada en literatura hispanoamericana, la responsable de la aparición de En una calle sin mar. 

Lidia Señarís, en Madrid, bajo el lente de Antonio Garci.

Y precisamente sobre este poemario recién publicado ha versado este diálogo de Ínsula de palabras con su autora.

— Afirma el poeta Manuel Vázquez Portal en el prólogo de En una calle sin mar que todo libro de poesía es un libro de historia. ¿Estás de acuerdo?

— Plenamente. Creo que los humanos somos historias caminantes, metáforas que respiran. Y que la poesía es otro de los modos de asomarse a esas historias y de intentar contarlas. Hay todo un cuerpo teórico y crítico que intenta desligar a la poesía de esa función narrativa, y me parece muy respetable. Hay quienes se asoman a la poesía desde una óptica más purista, elevada, y hasta un pelín inalcanzable; quienes defienden un canon estético del discurrir del discurso poético per se, digamos. Y seguramente tendrán una docena de argumentos muy sensatos y sólidos. Sin embargo, no es esa «mi» poesía, ni como lectora, ni como escritora. Hay espacio para todos bajo el sol. A mí me interesa la poesía que, de algún modo, intenta narrar, interrogar y conectar con esas historias individuales y colectivas que caminan todos los días por este ancho mundo.

De hecho, en tu propia y muy breve introducción, adviertes: «Hay toda una increíble y respetable tradición de poetas oscuros y elevados. No es mi caso». ¿Qué quisiste decir exactamente con eso?

— Creo en la diversidad, la libertad creativa y en ese espacio amplio para todo tipo de estilos y estéticas. No tengo ninguna intención de crítica ni de polémica. Quise hacer simplemente un breve ejercicio de sinceridad. Declarar, de entrada, que mis poemas no se escriben desde una torre de marfil, sino más bien, a pie de calle, sin artificios pirotécnicos ni retruécanos exagerados, sin voluntad de inaugurar o perseguir lenguajes de texturas inextricables, saberes infinitos y raros, o cualquier otro intento de tocar el cielo y, en ocasiones, incluso, de epatar y brillar.

Eso no quiere decir que en mis versos no haya metáforas, imágenes, y un cierto trabajo con el lenguaje. De lo contrario, no sería poesía. Quiere decir, simplemente, que se conecta de un modo relativamente fácil y natural con esas imágenes. Al menos, esa es mi voluntad.

— ¿Quizás tus años de ejercicio periodístico estén detrás de esa voluntad de diálogo poético, de interrogación narrativa de la realidad? Aunque no es demasiado útil etiquetar los libros, pareciera que En una calle sin mar tiene varios puntos de confluencia con la llamada Poesía de la Experiencia…

— Para bien o para mal, el periodismo está detrás de todo lo que hago. Y sobre todo en esa intención, ni siquiera planificada o buscada, de entrecruzar las historias individuales y las colectivas. Y también en la decisión de optar por un lenguaje figurativo pero natural, sin demasiadas florituras. En los cuatro párrafos que me atreví a hilvanar a modo de introducción del libro, confieso mi visión de la poesía como entrevista indagadora, en la poesía reportaje de lo cotidiano. Sí, la verdad, más periodística no he podido ser…

Tampoco soy amiga de las etiquetas y las clasificaciones. Pero tienes toda la razón. Si tuviera que colocar en algún sitio En una calle sin mar, creo que estaría cerca de la llamada «Poesía de la Experiencia», ese movimiento español surgido en los años 80 del siglo XX, del cual el poeta Luis García Montero es uno de los máximos exponentes. Aunque eso ya me parecería pretencioso, pues García Montero es un poeta inmenso, rotundo, y un intelectual como la copa de un pino. Y no me atrevería a compararme con él. Pero, sin duda, el punto de identificación con la Poesía de la Experiencia sería esa voluntad narrativa de la cotidianidad y esa búsqueda de una conexión más cercana con quienes se asoman al poema.

— ¿Qué podemos encontrar en las páginas de En una calle sin mar?

— Como en todo poemario, lo que cada quien busque… Unas miradas conectarán de un modo y otras, de otro diferente. Ojalá, en todo caso, se produzca esa conexión.

En esencia, el libro consta de 45 poemas, divididos en tres cuadernos. Como nota curiosa, cada uno está encabezado por un soneto, que a su vez le da título al cuaderno, si bien el resto de los poemas son de verso libre. El primer apartado, «Donde La Habana no está», es una mirada a los sueños y pesadillas relacionados con esa isla del Caribe donde nací y que tanto duele por razones que no cabrían ni en diez entrevistas; el segundo, «Sinalefas te doy», es un tributo al amor, no solo al de pareja (aunque obviamente en su mayoría lo inspira el amor de mi marido, alguien esencial en los últimos 21 años de mi vida), sino también al amor filial (incluido el de los hijos no biológicos, algo que me parece fundamental porque por doquier encontramos poemas a las madres y apenas ninguno a las madrastras) y también sobre el amor paterno y a los amigos, esa especie de familia elegida que tanto nos ayuda en el camino. Y, por último, el tercer cuadernillo, «Dos calles más allá», resulta un cajón de sastre de lugares, escenas, reflexiones, y del acto mismo de avanzar por un camino propio, sea cual sea, pero una senda elegida por la que avanzar sin temor, con alegría. En cierto modo, el libro es una historia de migraciones, de viajes interiores y exteriores.

— Precisamente la alegría parece ser un sustantivo muy importante en tu creación, ya sea prosa, periodismo o poesía…

— Puedo ser tan dramática como cualquier isleña… en eso tenemos doctorado. Pero también tenemos todo un patrimonio en materia de sol, de luz y, por tanto, de alegría. Bueno, ahora en serio, creo que esa capacidad de sentir y de inspirar alegría es muy importante para vivir.  Y está muy relacionada con la capacidad de reírse de sí mismo, una inequívoca señal de inteligencia y también de bondad humana. El sentido del humor, de la ironía, la capacidad de no tomarse demasiado en serio, de saber relativizar nuestro lugar en el mundo y la magnitud de nuestras pequeñas tragedias, nos hace más empáticos, más receptivos a los demás, más solidarios, y también nos ayuda a barajar mejor las cartas (a veces infames) que nos van tocando en el reparto.

— Una última pero imprescindible pregunta: ¿Cuáles serían tus referentes poéticos, esos poetas que han marcado tu mirada y tu sensibilidad?

— Es muy difícil elegir. Para acotar, aunque hay muchos de otras lenguas, desde Walt Whitman hasta Evgueni Evtushenko, me centraré en la mía. Tengo una marcada querencia por la generación del 27 española: Pedro Salinas, Federico García Lorca, Luis Cernuda, Vicente Aleixandre, Gerardo Diego y Miguel Hernández (aunque este es más bien de una generación posterior, de la del 36). Y también por las autoras de ese grupo, a menudo poco conocidas, como Rosa Chacel, Josefina de la Torre, Ernestina de Champourcín y otras que, junto a pintoras y artistas de la época, integraron un transgresor movimiento conocido como «Las Sinsombrero».

Luego, de la llamada generación del 50 en España, también admiro especialmente a poetas como el asturiano Ángel González, a Jaime Gil de Biedma y a José Ángel Valente. De los cubanos, por solo recordar tres nombres de la lista interminable de grandes poetas que ha dado esa isla, elegiría a Virgilio Piñera, Eliseo Diego y Dulce María Loynaz. Y, como muchos niños de mi generación, mi encuentro temprano con la poesía se lo debo en gran parte a José Martí, cuyo talento literario en tantos géneros ha sido capaz de atravesar siglos. Por último, como ya he dicho, de los poetas vivos de España, tierra de mis abuelos donde he vivido ininterrumpidamente los últimos 21 años, me quedo sin dudarlo con la poesía de Luis García Montero.

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Aquí tenéis uno de los poemas incluidos en el libro En una calle sin mar, interpretado por su autora, Lidia Señarís:

2 Comentarios

  1. buen poema,lo esencial , la vida , la historia, las insatisfacciones, dulcemente expresado y sin dejar de reflejar dolor, aplausos

  2. Muchísimas gracias por tus amables palabras.