El “valle de la muerte”… o todo lo que puede salir mal cuando se comunica mal (Primera parte)

La comunicación es la matriz en la que se encajan todas las actividades humanas, como bien establecieron Bateson y Ruesch hace ya 60 años y como demostraron una y otra vez los investigadores de la llamada “Escuela de Palo Alto”, quienes llenaron de palabras y polémicas el norte de Silicon Valley mucho antes de que éste recibiera tal nombre.

Pues bien, una de las actividades que los seres humanos han desarrollado de manera reiterada a lo largo de la historia es, por desgracia, la guerra. A lo largo de la historia militar, los medios de comunicación interna en los ejércitos han evolucionado a la par que la tecnología, aunque hasta hace poco menos de cien años esta comunicación se basaba fundamentalmente en mensajes verbales o escritos enviados a través de mensajeros a todo lo largo de la cadena de mando.Guerra de Crimea

Quitando rudimentarios sistemas de señales por medio de banderas, trompetas y luces, los mensajes se confiaban a estos mensajeros, quienes, recorriendo de un lado a otro el campo de batalla, arriesgaban su vida para mantener la comunicación, llevando breves notas manuscritas o las instrucciones orales de sus superiores.

Hoy, la tecnología es la reina de la comunicación y de la vida cotidiana. Pero por mucha tecnología que apliquemos, el acto de comunicar implica respetar unas premisas elementales que el sentido común y la investigación científica ya revelaron hace años. Entre ellas: conocer bien a nuestro interlocutor, dominar el tema y el mensaje, transmitirlo con claridad y precisión, elegir los canales más apropiados y estar bien atentos al fenómeno de la retroalimentación.

Tales premisas cobran aún mayor importancia cuando la comunicación se realiza en un contexto jerárquico y de trasmisión de órdenes, como el de un ejército en medio de una batalla o el de una empresa en plena supervivencia en un mercado competitivo.

La historia está llena de ejemplos en los que una errónea comunicación en medio de una crisis, una inadecuada orden en medio de una batalla, o una orden adecuada pero mal entendida, han marcado la frontera entre la vida y la muerte para miles de seres humanos.

Hemos elegido para ilustrar estos razonamientos una acción dentro de una batalla, que reúne como pocas muchos de esos errores de comunicación capaces de fraguar auténticos desastres. Nos referimos a la famosa (al menos entre los súbditos del imperio británico) carga de la Brigada Ligera, en la batalla de Balaklava (25 de octubre de 1854), dentro de la muy victoriana guerra de Crimea.

El origen de esta guerra, más absurda si cabe que otras muchas, hay que buscarlo en el interés de las potencias europeas por repartirse territorios e influencias en el antaño poderoso Imperio Turco, por entonces ya en franca decadencia.

Por intereses geopolíticos, religiosos e imperiales diversos y en una época en que la guerra era considerada una forma común de resolución de conflictos (¿para qué comunicar con eficacia y escucharse unos a otros si podían matarse con patriótico entusiasmo?), en 1853 Turquía, con el posterior apoyo de sus coyunturales aliados Francia y Gran Bretaña, le declara la guerra a Rusia.

Ya avanzado el año 1854, una fuerza expedicionaria franco-británica de unos 57.000 hombres desembarca en la península de Crimea (en la actual Ucrania), con intención de poner cerco y conquistar la principal base naval rusa en el mar Negro, Sebastopol. Para ello ocupan el pequeño puerto de Balaklava, al sur de Sebastopol, mediante el cual podían abastecer a las tropas empeñadas en el cerco. Desde el primer momento la campaña fue un caos de organización: la ausencia de una eficaz comunicación entre los aliados, la confusión de órdenes, incapacidad de los mandos, falta de previsión respecto a la intendencia, el clima, etc. se confabulaban. En definitiva, todo lo que podía salir mal salía mal, y aun así el sultán y sus aliados anglo-franceses iban ganando la guerra, lo cual da una idea de cómo estaría el ejército ruso.Batalla de Balaklava

Al amanecer del 25 de octubre de 1854, el ejército ruso lanza un ataque con intención de desalojar a los aliados de su base de Balaklava para liberar el cerco de Sebastopol. Las primeras horas son un caos de órdenes y movimientos. Las tropas aliadas intentan resistir el ataque ruso a sus reductos y posiciones artilleras, que en un principio son tomadas por sorpresa.

A lo largo de la mañana la situación se ha estabilizado con decisivas intervenciones: 700 fusileros del 93 Regimiento de Higlanders británicos (con sus faldas y todo) y mil soldados turcos mandados por Sir Colin Cambell defienden y  rechazan un ataque de más de tres mil jinetes cosacos de la caballería rusa, con una poco ortodoxa formación de doble línea (“la delgada línea roja”) y la mucho menos ortodoxa aún carga cuesta arriba de los 600 jinetes de la Brigada Pesada de la caballería británica al mando de Sir James Scarlett, quienes terminaron de disuadir a los rusos de ocupar Balaklava.

Y es entonces cuando un error de comunicación originará la famosa “carga de la brigada ligera“, todo un hito en los anales bélicos de Gran Bretaña y en los archivos del absurdo mundial. ¿Qué ocurrió ese día en el “valle de la muerte”? ¿De qué manera la Comunicación se trocó en Incomunicación? Ese es el tema de nuestro próximo blog.

1 Comentario

  1. Thanks for the share! Very useful info!